Cuando de repente, sin imaginarlo, sufrimos una pérdida irreparable. Puede ser un la pérdida del empleo, el diagnóstico de una enfermedad terminal, la muerte de un ser querido, el descubrimiento de una infidelidad, o un divorcio. Es descubrir que la vida a veces se parece demasiado a una persona mala a la que le gusta golpear, y sabe hacerlo donde más nos duele.
Cuando acontece una pérdida así, ese hecho y toda nuestra existencia de repente pueden perder su sentido. Todo lo que estaba estable en nuestra existencia desaparece, y las cosas y relaciones parecen perder su sentido y su proporción.
Entonces llegamos a la negación al dolor, a la rabia, la negociación y la depresión, hasta aceptar el dolor emocional y estas son etapas de «vivir el duelo». La etapa más riesgosa es la depresión, porque uno puede quedarse estancado en ella. A uno le puede tomar el gusto al dolor, y puede sentir placer en la autocompasión.
Hasta que nos toca entender y aceptar que la pérdida es inevitable, que la vida sigue. Uno comprende que sí fue justo o injusto; que sí fue para bien o para mal, sucedió en el pasado, y que el pasado está allí, en el pasado y que, aunque a veces la sombra de los hechos nubla la luz del presente, de cualquier forma la vida continúa. Y es aquí cuando necesitamos darle estructura a nuestra existencia, volver a encontrar el sentido de la vida, entonces es aquí cuando entra Dios, para llenar el vacío que nadie puede llenar.
¿Pero por qué yo?, ¿Por qué ahora?; Es porque Dios te está llevando a un nivel más alto. Te está poniendo en situaciones en las que tendrás que ser mucho más valiente, más generoso y más humano de lo que jamás pensaste que podrías ser. Hay un plan. Hay un sentido en tu existencia. Hay un propósito en las cosas que te pasan.
En mí experiencia personal: es aquí cuando comprendemos que realmente Dios es Amor y el verdadero amor todo lo sana y lo restaura, ese amor que ni te culpa, ni te juzga, sólo te abraza y te acompaña en tú proceso de dolor y de sanidad.





